PINTAR CON LOS OJOS DEL RECUERDO

El pasado mayo, en uno de los reportajes, conocí a Ataulfo Casado.

¡Alerta spoiler! Voy a empezar por la mitad de la historia porque a pesar de ser la más jugosa, para mí no es la más interesante. Ataulfo es pintor y ojo al dato… ¡ciego!

Lo curioso de hablar con él son los detalles con los que te cuenta la historia. Es capaz de recordar con la viveza de algo que sucedió ayer, hechos que tuvieron lugar hace décadas. Desde los diálogos, la ropa que cada uno llevaba, las sensaciones o el color que tenía el cielo en ese momento.


Ataulfo tiene más de 70 años, pero recuerda como si hubiera sido ayer, aquellas navidades de cuando tenía dos años y sus padres le regalaron su primer block de dibujo y sus primeras pinturas.

Recuerda la observación de su padre orgulloso porque no se salía de la línea que marcaban los dibujos al colorear, y el mosqueo que él tenía porque el color rojo de aquellas pinturas alpino, no era el mismo tono de rojo que debía poner en el dibujo.


Desde ese momento, la pintura le atrapó. Tanto es así, que a los catorce años, se convirtió en el copista más joven del museo del Prado, un titular que recogió el periódico del ABC.


Imagínense a un Ataulfo de mediana edad, apasionado por su profesión. Un pintor reconocido, con éxito y lleno de encargos nacionales e internacionales. Bien, pues a este Ataulfo, le diagnostican retinosis pigmentaria, una enfermedad degenerativa de los ojos. Se iba a quedar ciego.


Evidentemente esto supuso un punto de inflexión en su vida. En primer lugar, el drama que supone quedarse sin vista para cualquier persona, y después, la certeza de que la pasión por la que había luchado desde niño, se desvanecía con aquel diagnóstico.

Pero no os centréis en esto. Diagnósticos como aquel se dan todos los días a muchas personas. Lo interesante de la historia fue su reacción.


Resulta que en realidad iba a hacerse una revisión de otra cosa, y dio la casualidad de que le acompañaba un amigo. Este le convenció para que, ya que estaban en el centro médico y la vista era tan importante para su profesión, aprovechara a pasarse por la consulta del oftalmólogo. Así lo hizo. Cuenta cómo se dio cuenta de que aquello de revisión rutinaria no tenía nada, ya que los médicos revoloteaban a su alrededor a fin de aclararse con el diagnóstico. Finalmente, Ataulfo preguntó a uno de los médicos: Doctor, ¿me voy a quedar ciego?, a lo que el médico nervioso y tras dar muchos rodeos respondió: tenga en cuenta que esta enfermedad es degenerativa. Ataulfo miró al médico y tratando de tranquilizarle, le dijo: Doctor, me voy a quedar ciego, pero no se preocupe, que la vida continúa.


Ataulfo está algo incómodo, el cansancio y los dolores hacen que su frente tenga que reposar en su mano mientras habla, y decide hacer un descanso en el relato para beber un poco de agua. Es un hombre realmente divertido. Las bromas salen rápidas de su boca y su risa es pícara y contagiosa. Lo cierto es que su relato se salpica continuamente de humor, por lo que es difícil ponerle el punto dramático que realmente esconden sus palabras.


Siguió pintando hasta que finalmente la enfermedad avanzó y sus ojos se apagaron. Dejó aparcados los pinceles durante un tiempo, hasta que, un octubre de unos nueve o diez años más tarde, sintió cómo las imágenes y los recuerdos se le amontonaban en la mente y pensó: ¿Qué es lo que yo podría pintar estando ciego?

Sin pensarlo mucho más, llamó a un amigo y le pidió que comprara lienzos y pinturas para intentarlo. Además, le rogó que al terminar, le diera su sincera opinión. Una opinión sin endulzar por su condición de ciego. Él quería saber si aquello que su amigo veía podía merecer la pena.


Tras esa promesa, y una vez estuvieron los cuadros terminados, el amigo supo ver que las manos de Ataulfo, si bien más inseguras, aún conservaban su magia. Le animó a seguir pintando y adquirir cada vez más confianza. Desde aquel momento, Ataulfo no ha soltado el pincel.


Y os preguntaréis, ¿Qué es lo que pinta? Recuerdos. Recuerdos de viajes, de paisajes, de momentos que vivió... ¿Y cómo lo hace? Yo tuve la suerte de que nos lo mostrara. Ataulfo no puede pintar entre semana, lo hace durante el finde, cuando Sandra, una joven que le sirve de apoyo visual, lo visita. (Hoy es Sandra, pero hace tiempo fueron otros nombres).

Sandra le ayuda a mezclar los colores. Colores y tonos que Ata tiene perfectamente clasificados en la mente. Además le ayuda con algo que a Ata le tiene completamente obsesionado, las calvas. Sandra guía su mano hasta ese trocito en blanco que, de vez en cuando, se escapa de las expertas manos del pintor.


Ataulfo tiene mil excusas para dejar de pintar: una retinosis pigmentaria, una enfermedad degenerativa en los huesos del hombro con el que pinta, y un desgaste de cadera que le produce terribles dolores al moverse.


Pero para Ataulfo, rendirse no es una opción, porque pinta para hacer felices a los que vemos sus pinturas, y porque para él, la vida es maravillosa, el mundo está lleno de grandeza, y la alegría no se puede perder por nada que te suceda en este mundo, ni siquiera por una ceguera.


Y es que a Ataulfo le encanta la vida, y pintar, claro.




¡Datito curioso! Santiago Requejo (director de cine, con películas como Noche de Paz o @buelos) le ha ayudado a emprender una página web: http://ataulfocasado.com/ con la cuál poder exponer sus obras y venderlas para poder costear los altos precios de las pinturas, y así, poder seguir con su pasión.