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Moria es un conjunto de callejuelas estrechas construidas entre los huecos que dejan las tiendas de campaña, los containers o las letrinas. En ese entramado de “viviendas” existen, aunque algunos solo puedes descubrirlos de la mano de aquellos que viven allí, ciertos negocios clandestinos donde se ofrecen diversos productos o servicios como: kioscos de alimentos y básicos diversos, barberías, tatuadores de henna escondidos en tiendas de campaña, compraventa de agua fresca, etc. Incluso, cada tarde se organiza un pequeño mercado en la cuesta de subida de la entrada. Corre la voz entre los moradores, pero estos secretos se susurran a voces. Algunos escondidos y otros desafiantes a la autoridad en medio de una calle cualquiera. La policía hace la vista gorda.

 

Una familia con tres pequeños que no levantan un palmo del suelo, que con ahorros de aquí y de allá compra una mini nevera, la enchufa con alargadores y peligrosos entramados eléctricos a uno de los generadores del campo y enfría el agua que ha podido conseguir a escondidas a la hora del almuerzo. A ellos les tocaban cuatro litros, pero él colabora sirviendo la comida y ha conseguido diez que revende a sus vecinos.

 

Barberías hay varias. Se forran las paredes de papel de aluminio, pero lo difícil es conseguir el espejo y las herramientas de trabajo. Algunos tienen banquetas para que los clientes estén cómodos esperando su turno. Son barberos circunstanciales que han aprendido a cortar y afeitar. Antes eran profesores de universidad, administrativos... Todos los refugiados que pasan por sus tijeras llevan el mismo corte.

 

En uno de los containers de la cuesta viven varias familias y han separado sus espacios con mantas que cuelgan del techo y que usan como paredes. En un cubículo de metro y medio de ancho y dos metros de largo e iluminada por una luz tenue, puedes encontrar a Mona, que vive con su marido. Es de Sudán y tiene problemas para moverse por su avanzado estado de gestación. En el campo ha aprendido a dibujar con henna y muchas mujeres la visitan para decorar sus manos.

 

Al lado de la garita de la policía hay un kiosco que vende refrescos y fruslerías varias. Las telas se las proporcionó una ONG y algunos voluntarios les ayudaron con los materiales. Los niños frecuentan el local, y aunque nunca parecen comprar nada, es un buen lugar para jugar y guarecerse a la sombra.

 

Diversas ocupaciones que  distraen a estos pequeños emprendedores creando rutinas que ayudan a combatir la ociosidad de aquellos que, durante meses o incluso años, no pueden hacer otra cosa más que esperar la resolución de su situación legal.

 

No les está permitido trabajar, por lo que iniciar un pequeño negocio ilegal, aún en esas condiciones, ayuda a adquirir un cierto estatus ganando favores, cambiando sus productos por otros, o con un extra de dinero que poder usar en su vida cotidiana, ya sea mejorando la alimentación básica que se les ofrece por parte de las organizaciones, o para adquirir productos tales como medicamentos, calzado o ropa de abrigo. Por otro lado, en algunos casos, mejora las relaciones sociales creando puntos de reunión.

 

Cuando la persona o familia dueña del “negocio” es trasladada a otro campo, o comienzan la siguiente fase en otro lugar, traspasa su local a otros refugiados, lo que les permite tener un ahorro para comenzar su nueva vida.

*Todo lo aquí descrito es lo que yo viví. Son mis impresiones, la realidad que presencié, la prensa leída y aquello que los que allí vivían me contaron. Pido perdón de antemano por mi subjetividad en el relato y los errores que pudiera haber. Fueron mis ojos los que vieron y es mi corazón el que cuenta.