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La Isla

En el Mar Egeo, entre Grecia y Turquía, hay una isla muy chiquitita. Era un lugar muy especial, pues hasta allí llegaban botes maltrechos llenos de personas con sueños rotos que huían del dolor, de la tristeza, y de la violencia.

Cuentan que los habitantes de la isla saltaban al mar para ayudarlos a llegar; cuentan que les ofrecían mantas, calor y comprensión; cuentan que pintaban carteles de colores para recibirlos, y cuentan que periódicos, televisiones y radios gritaban a los cuatro vientos que allí todos serían bienvenidos.

Era un lugar de paso, un sitio donde descansar, olvidar, aunque fuera un instante, el horror y volver a creer.

Cada día, cuando las personas recuperaban fuerzas, emprendían una nueva aventura a bordo de un ferry que salía de la isla, cruzaba el Mar y los llevaba a “lugares en los que estarían a salvo”, donde podrían comenzar de nuevo e intentar ser felices: Europa. Es así como entraban y salían para dejar hueco a otros.

Sucedió que las personas que vivían en aquellos “lugares en los que estarían a salvo” se empezaron a alarmar. Ellos querían ayudar, pero el ferry siempre atracaba muy lleno y cada nueva persona hablaba un idioma distinto, venía de un lugar diferente y tenía costumbres que ellos no comprendían.

Así comenzaron los miedos. Miedos a lo diferente, miedos a que les robaran sus casas, miedos a que les arrebatan sus trabajos o a que trajeran la violencia de la que venían huyendo. Prohibieron al ferry acercarse a sus costas, de manera que ya no pudo llevar a esas personas a lugares seguros.

Mientras tanto, las barcas seguían llegando a la isla, que cada día estaba más llena. Dejó de ser un lugar de paso para convertirse en otro donde quedar atrapados.

Un día, hubo tantos, que ya no podían dar un paso sin chocarse, ni estornudar sin sobresaltar, ni enfermar sin contagiar; y entre tropezón y tropezón comenzaron los miedos. Miedos a quedarse sin comida, miedos a no tener médicos para cada estornudo, miedos a hundir la isla por pesar tanto, y miedos, y miedos, y más miedos.

… Y con los miedos les encontró la violencia, esa de la que todos huían al llegar allí.

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*Cualquier parecido con la realidad NO es mera coincidencia